La importancia de lo pequeño y el COVID-19

En pleno siglo XXI acabamos de darnos cuenta de la importancia de lo pequeño.

Estamos en un mundo en el que nos creíamos poderosos y en el que sentíamos que todo estaba bajo nuestro control. Los avances tecnológicos así lo avalaban y la prisa nos impedía pensar más allá. Nuestra vida, además, se había convertido en un escaparate donde exhibíamos nuestros trofeos. Las comunicaciones y las redes sociales nos ayudaban a ostentar y a mostrar nuestros viajes imposibles, nuestra incansable actividad social, nuestros logros profesionales y nuestra mejor imagen. Y es ahí, donde un agente infeccioso microscópico nos pone en nuestro sitio y nos enfrenta a nuestra vulnerabilidad. Nos hace darnos cuenta que la vida es incertidumbre, que somos limitados y que hay cosas que se escapan a nuestra voluntad y control. Y además nos susurra que la vida es finita. No es algo nuevo, siempre lo hemos sabido, pero estábamos tan ocupados que se nos había olvidado. Y esa vulnerabilidad nos ha permitido volver los ojos y empezar a apreciar y dar valor a lo pequeño. Porque es precisamente lo pequeño lo que nos da sentido. Y entonces nos damos cuenta del valor de la familia, de los amigos, de los vínculos, de lo trascendente, del tiempo compartido, de la escucha, del tacto, del encuentro, y, en definitiva, empezamos a salir de nosotros mismos para encontrarnos con el otro. Ese otro al que vemos todos los días o que sabemos que está ahí, pero para que el que apenas tenemos tiempo. Y no teníamos tiempo porque, quizás, se nos habían nublado las prioridades. Y empezamos a pensar que eso que era pequeño a lo mejor es lo más grande. El ser psiquiatra te hace reflexionar sobre muchas de estas cosas cada día. Incluso algunas de las patologías que tratamos tiene que ver con el vacío existencial al que lleva la falta de afecto, la falta de tiempo, la falta de apego, la falta de vínculos, la necesidad de control y de éxito, la falta de disfrute y la excesiva preocupación por uno mismo. En la consulta puedes percibir la vulnerabilidad del ser humano. La realidad es que todos somos como niños y tenemos miedo. Y al final, todo se reduce a la necesidad de sentirnos queridos y de tener vínculos sólidos. Eso nos da valor y nos da vida.  Pero no éramos muy conscientes de ello y perseguíamos un éxito vacío. El coronavirus nos ha despertado.  De una manera cruel, pero lo ha hecho. Ojalá no volvamos a dormir porque nuestra memoria olvida rápido y sigamos teniendo presente que seguir “tocando” lo pequeño es, sin duda,  lo que nos constituye como seres humanos y nos da plenitud.

 

 

 

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